El discurso de María Rey, un ejemplo de conciliación profesional y familiar

El discurso de María Rey, un ejemplo de conciliación profesional y familiar

La conocida periodista, María Rey, también profesora de Next International Business School, ha recibido de manos del Príncipe de Asturias el premio “Luis Carandell” de Periodismo Parlamentario.

El discurso de María Rey, un ejemplo de conciliación profesional y familiarDurante el discurso, el príncipe Felipe ha reconocido la importancia de “cuidar y proteger” la labor de los medios de comunicación “para que con libertad y responsabilidad contribuyan cada día más y mejor a conformar la opinión pública y a mejorar la calidad de nuestra convivencia democrática”.

Por su parte, María Rey ha querido alertar de la situación que vive la profesión: “el periodismo está triste” y ha reivindicado su valor agradeciendo a los compañeros su trabajo en estos tiempos difíciles. Ha tenido también una mención especial para aquellas mujeres que, como ella, compaginan a la perfección su labor de madres y de periodistas, lamentando que muchas no alcancen un puesto que realmente merecen. “Las mujeres llenamos redacciones pero apenas ocupamos despachos”. María es un perfecto ejemplo de madre y mujer trabajadora que ejerce su profesión como corresponsal parlamentaria en Antena3, profesora de Next International Business School y escritora de varios blogs.

Estas son sus palabras en el momento de ser galardonada:

«Altezas, Presidentes del Congreso y Senado, miembros de la mesa, senadores, diputados, compañeros y amigos.

El periodismo está triste. La crisis económica ha coincidido con nuestra propia catarsis. La caída de los ingresos nos sorprendió mientras buscábamos una fórmula para afrontar las nuevas necesidades del periodismo: otra forma de informar y otras formas de informarse.

No ha habido tiempo ni margen para reaccionar.  El ajuste ha sido tan brutal que hemos dejado por el camino periódicos centenarios y a algunos de los mejores profesionales. En este contexto, mantener un puesto de trabajo estable, en una de las empresas periodísticas más sólidas y serias de este país es un privilegio. Si además te reconocen tu trabajo con un premio que lleva el nombre de Luis Carandell  -a quien conocí siendo todavía estudiante de Periodismo-  entonces debo considerarme sinceramente muy afortunada. Así que lo mínimo que yo podía haber hecho hoy es -siguiendo con una costumbre parlamentaria cada vez más arraigada- abrirme esta camisa y mostrar una camiseta-pancarta con un enorme y luminoso GRACIAS.

He vivido este premio desde casi todos los rincones de esta sala pero nunca me imaginé usando este atril para darles las gracias por haberme elegido. Si le soy sincera, la razón fundamental por la que me había excluido,  es porque a la hora de reconocer trabajos periodísticos no es habitual contar con la televisión.

Hace mucho tiempo, en una reunión  de destacados profesionales -en la Asociación de la Prensa de Madrid- escuché una frase que me desconcertó:  «Lo que hacéis en los informativos de televisión no es periodismo. Es otra cosa.»

Llevo diez años dándole vueltas. Si lo nuestro no es periodismo ¿qué es?

Cubrimos la información desde la primera hora del día hasta la última. La necesidad de grabar una  imagen nos obliga a estar presentes en todo, aquí no vale el tan socorrido teletipo. Y no sólo presentes, también activos. En televisión si la respuesta no se ha dado ante la cámara no existe. Si no has grabado la entrada o la salida de alguien es difícil mantener que ha venido.

Por eso con este premio ustedes ponen en valor el trabajo de mucha gente, veteranos y recién llegados. Con contratos decentes, y cada vez más, abusivos. Compañeros que arrastran trípodes y cámaras de sala y sala. Ruidosos y molestones para muchos que nos dicen -con razón- que bloqueamos los pasillos, pero imprescindibles para hacer llegar a cada casa el relato de estos tiempos difíciles -aunque apasionantes- que nos ha tocado vivir. Y entre todos ellos quiero destacar el imprescindible trabajo de mi otra mitad, el periodista camarógrafo, Ramón Moratalla.

Permítanme que retome aquella frase escuchada a un reputadísimo periodista de la prensa escrita. Han pasado diez años y puedo asegurar que estaba equivocado.

La información televisiva es eso: información. Grabamos lo que ocurre y lo narramos, tenemos que ser claros, didácticos y sobre todo concisos, muy concisos. En un máximo de 30 segundos debemos recoger las líneas fundamentales de la crónica que al día siguiente se explicará en una página de periódico. Y lo más difícil, debemos adelantarnos al titular sin casi tiempo para análisis y la reflexión.

Es periodismo, con sus propias características pero tan periodismo como el de la radio, el de la prensa, el de Internet… o el que venga… porque la revolución tecnológica que estamos viviendo todavía puede darnos muchas sorpresas…

Por cierto, estas nuevas tecnologías nos permiten constatar una gran verdad femenina: se pueden hacer varias cosas a la vez. Nosotras ya lo sabíamos, pero a ahora todo el mundo puede comprobar, que se puede ir haciendo la compra por Internet mientras esperas que acabe una ponencia, localizar al servicio técnico de la lavadora aprovechando el discurso de alguien que ya empieza a repetirse… Y eso, señores y no otra cosa, es la conciliación. Resolver las cuestiones domésticas por teléfono, responder dudas de los deberes en un correo electrónico..todas esas cosas que solemos hacer nosotras y que seguiremos haciendo hasta que otra generación aprenda de nuestros errores.

Las mujeres llenamos las redacciones pero apenas ocupamos despachos. Es tan evidente que no necesito ni 10 segundos más para explicarlo. Por eso, hoy quiero dedicar este momento a todas las compañeras. A todas las que han vivido su embarazo con estos horarios imposibles. A las que han salido zumbando para llevar al niño al pediatra porque por teléfono nos ha dicho que casi agoniza, y después de hacer rallys por la M30, al enano se le pasó la fiebre y está como una rosa. Un reconocimiento especial a las que emprendieron la aventura de la maternidad en solitario. Y un agradecimiento especial a las que tantas veces nos han cogido la grabadora o el micrófono y nos han dicho «vete tranquila, yo te cubro».

A todas mis compañeras que considero representadas en este premio. Y en nombre de ellas, gracias.

Un apunte más, una mención especial para quienes han ido por delante de nosotras abriendo camino, dando ejemplo de una forma femenina de contar las cosas, respetuosa y rigurosa. Algo que hizo de forma brillante una persona que hoy merece un espacio en esta sala. Mi recuerdo, agradecido y cariñoso a Concha García Campoy.

No quiero aburrirles pero permítanme que les cuente sólo una historia más. No sé porque decidí hacerme periodista pero nunca me planteé ser otra cosa. Mis padres dicen que la vocación me «brotó» antes de las 4 años. Un buen día subí al trastero a por los ejemplares de «La Región» de Orense que allí se almacenaban y me lancé a venderlos por la calle para «ayudar en casa».  Pero creo que recordar que la inspiración de mi hazaña fue una de las pocas películas que aquellos tiempos podíamos ver a través de TVE. Nunca imaginé que terminaría trabajando allí. Yo sólo aspiraba a encontrar un hueco en Faro de Vigo y eso me parecía ya casi inalcanzable.

A mediados de los ochenta había muy pocas facultades de periodismo en España, y la mayoría de los hogares estaban compuestos por familias numerosas como la mía, con los recursos demasiado justos para que los hijos pudieran estudiar fuera. Yo  conseguí hacerlo gracias a la generosidad de unos tíos a los que nunca he sabido agradecer lo suficiente aquel gesto.

Pero sobre todo he llegado hasta aquí gracias al esfuerzo y a la inteligencia de mis padres que supieron volcar todas sus energías y sus desvelos para que sus 6 hijos pudiera -si querían- llegar a la Universidad.

Ya acabo. Ustedes, Altezas, autoridades, miembros del jurado, compañeros y amigos, me han hecho hoy muy feliz. Pero debo confesar que yo traía ya mucho trabajo hecho de casa. En este momento de mi vida ya no tengo ninguna duda de que mi mayor éxito es mi familia. La hemos hecho entre todos, poquito a poco. Las instrucciones no venían en ningún manual y no siempre ha sido fácil por eso ahora estamos tan orgullosos de lo que hemos  conseguido. No estamos todos, somos una de esas familias numerosas que nadie invita al completo porque salimos muy caros (aunque no es el caso, por el Senado los hubiera traído a todos). En nombre de todos mis hijos está la mayor, Claudia, la delegada del clan.

Sr. Presidente del Senado, tengo muchas razones para agradecerle este acto pero mi marido y yo tenemos una especialmente, que nos invite a comer -tan bien como suele ser aquí habitual- en el día de nuestro décimo quinto aniversario de boda. Así que entenderán que mis últimas palabras se las dedique a mi maestro, mi compañero, mi amigo.

Muchas gracias a todos.»

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